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Los tuyos, los míos, los nuestros

Adriana y Mauricio se reencontraron después de veinte años. Los dos estaban separados, dispuestos a enamorarse y empezar una historia de amor. Para lograrlo, debían responder dos preguntas: ¿Cómo se llevarían sus hijas? ¿Podrían establecer una nueva identidad familiar?

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Señorita Heart
Viernes 19 de mayo de 2017 • 00:41
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Adriana se levanta temprano, prepara el desayuno, levanta a una, a dos, a tres a seis, despide a su marido, controla carpetas escolares, saca de la mesa, lleva al colegio, acompaña a la parada del colectivo, tiende las camas, va a al supermercado, cambia pañales, da la teta, pide turno en el oculista de una, en la pediatra de otra, pone ropa a lavar, a secar, plancha, se baña. Cuando mira la hora, no puede creer que recién son las doce del mediodía.

Hasta hace algunos años, los días de Adriana no eran tan caóticos ni tan felices. Vivía sólo con su hija Tabatha y aunque admite que los quehaceres domésticos eran más sencillos, dice que no cambiaría por nada del mundo su presente actual “¿O acaso no había soñado toda la vida con una familia numerosa?”.

Volver a empezar

Adriana y Mauricio se conocieron hace veinte años pero en ese momento ninguno se sentía atraído por el otro. Él era compañero de estudios del hermano de ella y de tanto verlo en su casa –Mauricio amaba la comida que hacía la mamá de Adriana y por eso iba seguido– se terminaron haciendo amigos. En esa época no habían miradas cómplices ni segundas intenciones.

Unos años más tarde ambos se casaron y perdieron todo tipo de contacto.

En 2009 se encontraron de casualidad. Fue de tanto charlar que se dieron cuenta de que tenían mucho en común, que se podían ayudar mutuamente y que existía una atracción difícil de esquivar.

Sin embargo, no todo era tan fácil.

Los tuyos, los míos, los nuestros

Los dos eran divorciados, ese no era un problema. El gran interrogante era cómo se llevarían sus hijas. Él tenía 4: las mellizas Valentina y Maite de 8 años, Mora de 10 y Lucía de 14. Ella, a Tabatha, de 15.

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Lejos de cualquier pronóstico, la reacción de las chicas fue mucho mejor que la esperada. Todas estaban felices de ver que sus papás volvían a estar en pareja y que después de tanta soledad volvían a apostar al amor.

A los dos años de noviar y con el visto bueno de Tabatha, decidieron convivir. En ese momento las hijas de Mauricio vivían con su mamá.

Un año más tarde, mientras planeaban el casamiento, la vida los puso a prueba: debían vivir los siete juntos debido a un problema de salud de la ex mujer de Mauricio.

Unidos a pensar de las adversidades del destino

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De un día para el otro los siete tuvieron que acomodarse en un dos ambientes: las chicas dormían en el living y Adriana y Mauricio en la habitación. Un solo baño, colegios y horarios diferentes. Un caos.

Decirles a cinco pre-adolescentes que de la noche a la mañana tenían que empezar a compartir sus rutinas y espacios no fue fácil, pero a fuerza de muchas charlas y voluntad todo se fue acomodando.

Con el tiempo, también fueron ajustando la logística, los horarios de baño, los días de lavado de ropa y la colaboración en las tareas domésticas.

Como en todas las familias había días mejores que otros. Almuerzos donde todas se peleaban por quién ponía la mesa, quién sacaba, quién lavaba, quién secaba y no se dirigían la mirada, y noches mágicas donde se quedaban hablando hasta la madrugada, contándose sus cosas y pidiéndose consejos.

Hasta ese momento Adriana trabajaba como empleada administrativa en una constructora. Era un trabajo bastante esclavo: de lunes a sábado, muchas horas. Al poco tiempo Adriana renunció para poder ocuparse de las chicas. Ese cambio tampoco fue sencillo. Acostumbrada a trabajar y ganar su propio dinero desde los 18, la renuncia era todo un desafío, pero la logística con cinco chicas era imposible de resolver sin una persona dedicada cien por ciento a la casa.

La vida te sorprende

Al poco tiempo lograron mudarse a una casa más grande y todo se acomodó.

Adriana y Mauricio siempre habían soñado con una familia numerosa y aunque siete era un buen número, hace dos años decidieron apostar a más. De ese deseo nació Amelie, que completa el círculo y es el reflejo de esta familia ensamblada que decidió vencer obstáculos y apostar a la unión y el amor familiar.

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