Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Plegarias atendidas: los rezos de mi madre para que me salvara de la colimba

LA NACION
SEGUIR
Daniel Gigena
Miércoles 09 de agosto de 2017 • 21:00

Mis padres habían rezado para que en el sorteo del servicio militar me tocara número bajo. A medida que se acercaban los dieciocho años, toda una narrativa de los cuarteles militares había empezado a aflorar alrededor. Nacido y criado en Córdoba, mi padre había hecho el servicio militar en Entre Ríos y compartía pocas anécdotas de esos largos catorce meses. Una se refería al modo en que servían el mate los locales. “Parecía una ensalada de frutas”, comentaba. Según contaba, le agregaban cáscaras de naranja, de pomelo e incluso pasas de uva. Otros integrantes de la familia, tíos y primos, evocaban grandes vínculos con compañeros y cabos, amistades a las que sin embargo no veíamos nunca en los festejos que organizaban. Mi padre también tenía un juego de palabras sobre el servicio militar: “Al servicio de los militares”. En jeep, contaba que había llevado de apuro a una peluquería de Concepción del Uruguay a la esposa de un sargento.

La destinataria preferida de las oraciones de mi madre era la Virgen de Luján que, madre al fin, sabría entender las súplicas de una devota terrenal. Nunca le dije a mi madre que la imagen de la Virgen acompañaba en ese entonces desfiles militares y otros episodios quizás más oscuros de los ejércitos, como la bendición de armas durante la guerra de Malvinas. ¿Quién después de ese conflicto donde habían muerto tantos jóvenes no rezaría para impedir que un hijo tuviera contacto con generales y fusiles? La derrota no daba garantías de nada.

Con un amigo que había vuelto de la guerra (porque él era “clase 62”) quisimos publicar una revista pacifista. Los dos éramos fanáticos de Humor, la más antibelicista revista nacional y tal vez la única que había combatido contra la encendida retórica bélica durante la guerra. Basta consultar un archivo para comprobar que Humor era la excepción y no la regla. Pablo hablaba poco de Malvinas, hacía menos críticas que “los civiles” y habitualmente se quejaba de problemas que para mí en cierto modo podían considerarse cotidianos. “Me cuesta dormir”, decía. El gesto de tristeza de mi madre se profundizaba si estaba cerca y lo escuchaba.

Foto: Archivo

Pasado el tiempo, la revista que hicimos (ahora se la denominaría un fanzine) sólo tuvo un número y publicamos cinco o seis comentarios de discos de rock nacional de esos años, un cuento de ciencia ficción de Pablo protagonizado por un locutor radial, poemas de un amigo de él que también había ido a la guerra y reseñas de tres libros. Una de ellas era sobre una novela alegórica de Osvaldo Soriano que a mí me había encantado: No habrá más penas ni olvido. Años después, en una clase en la Universidad de Buenos Aires me sorprendió que una docente la usara como el ejemplo más acabado de lo que no se debía leer ni mucho menos imitar. En su opinión, Soriano era un demagogo y sus libros estaban llenos de efectos destinados a conmover.

En 1985, Pablo se cansó de vivir en Buenos Aires y se mudó a Villa Carlos Paz. Pronto se casó, tuvo hijos y consiguió trabajo en escuelas secundarias como profesor de historia. Nos escribimos cartas durante varios años. En “la villa”, como le decía a Carlos Paz, había hecho nuevos amigos, se había construido una casa en el lote que el suegro le había cedido a la pareja y, como escribía antes de despedirse, se sentía “en paz”. Supuse que las pesadillas por fin se habían disipado.

No fue tan bajo el número que me tocó en suerte en el sorteo de Lotería Nacional en el otoño de 1983, pero debo decir que las plegarias de mis padres dieron resultado.

En esta nota:
Te puede interesar