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Lionel Messi: el oficinista que volvió a su casa tras otro día de rutina

El crack rosarino ya está en Barcelona, donde no sorprende lo que hizo en Quito; de las felicitaciones, incluida la de Macri, a su mirada a futuro

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LA NACION
Jueves 12 de octubre de 2017
Leo ya está en Barcelona, junto a su familia
Leo ya está en Barcelona, junto a su familia.
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QUITO.– Apoyado en una pared a centímetros de la puerta del vestuario visitante, Pepe Costa suelta una frase simple y contundente: “No me sorprende, lo ha hecho de nuevo”. Se refiere a su jefe: Costa es un empleado de Barcelona que acompaña a Leo Messi cada vez que juega para la selección argentina . Lo que dice no busca empequeñecer la obra que el crack acaba de consumar en el estadio Atahualpa; lo manifiesta con la naturalidad de quien ya vio un sinfín de veces el mismo capítulo de la serie. Para Costa, Messi acaba de terminar otro día en la oficina.

Salto en el tiempo. Pasan unas horas y el oficinista traspasa las puertas del aeropuerto El Prat, en Barcelona , adonde llegó en un avión privado que había remontado vuelo en la madrugada de Quito. Jeans, campera negra y mochilita de estudiante, enseguida siente como su hijo Thiago se le cuelga para abrazarlo. Antonela, su mujer, que lo había felicitado en las redes sociales no bien terminó el partido, lo espera en la camioneta. Parten rumbo a su casa, donde está Mateo, el hijo menor. Se terminan nueve días angustiantes e inolvidables, que habían empezado a contarse cuando el capitán salió de ese mismo lugar rumbo a la Argentina para afrontar los dos partidos más dramáticos de la historia moderna de la selección argentina.

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Las imágenes de esos días de furia se amontonan: la cálida recepción de la Bombonera en su primera vez allí con la camiseta celeste y blanca, la decepción del injusto empate contra Perú, el encierro posterior de dos días en Ezeiza junto a los otros caciques, el viaje a Guayaquil para preparar la batalla final, el gol de Ecuador a los 40 segundos, la helada cercanía del adiós a Rusia, la reacción en forma de zurdazo bajo, el golazo en forma de zurdazo alto, la genialidad del tercero, el grito desaforado, los abrazos múltiples, la camiseta lanzada a la tribuna que terminaría en manos de un sollozante hincha venezolano...

Las otras fotos pertenecen a la intimidad del grupo, como ese otro abrazo que se dio con Chiqui Tapia antes de meterse en el vestuario. La imagen fue fuerte: ya sin camiseta, cubierto por la remera térmica blanca que llevaba debajo, se estrechó durante 14 segundos con el presidente de la AFA, que lo besó en la mejilla y le dijo algo al oído. Después, feliz, caminó otros tres metros, le dio un beso a Luis Juez y se metió en el vestuario a iniciar el festejo íntimo. Con Daniel Angelici, que estaba al lado de Tapia, se notó que el trato es más frío: recién se saludaron más tarde, cuando el presidente de Boca le pasó el teléfono porque del otro lado había alguien más queriendo felicitarlo: Mauricio Macri. El presidente de la Nación ya lo había elogiado unos minutos antes en su cuenta de Twitter: “No hay discusión. Messi deslumbra siempre. Aplausos para un jugador de otro mundo”, escribió.

La descarga del plantel incluye una dedicatoria para los periodistas, también, no precisamente en tono de agradecimiento. Messi se sube a un banco y canta, celebra, hace palmas. No es el más efusivo habitualmente, pero esta vez está diferente, quitándose de encima el peso de lo que pudo haber sido y al final no fue: “No sé qué hubiera pasado si nos quedábamos afuera del Mundial”, diría unos minutos después, cuando paradójicamente los jugadores retomaron el contacto con la prensa, cortado desde noviembre pasado. ¿Qué hubiera pasado? No es aventurado pensar que Messi hubiese renunciado. Pero lo que no sucede no existe.

Se abrazó con ganas también con Oscar Ruggeri, que compartió un viaje con este plantel por primera vez, en su rol de ex campeón del mundo. “¡Qué partido jugaste, la rompiste!”, le dijo el emblema de México ‘86; “Gracias, hijo de puta, no sabés qué alegría tengo”, le respondió Messi, tal como contó el propio Ruggeri. Otro elogio le llegó de boca de un compañero que la había pasado muy mal en todo este tiempo y que en Quito también se sacó de encima el lastre: “Sos el mejor, lejos”, lo felicitó Di María, que al igual que Mascherano, Biglia, Banega y Otamendi, se subiría al mismo avión que la Pulga rumbo a Europa.

A la salida del vestuario, con las revoluciones más bajas, soltó su lengua y en una frase fue del ayer al mañana: “Fue injusto lo que nos pasó en el Mundial y en las Copas América, por los merecimientos debimos ganar esas tres finales y no se nos dio. Ahora estamos tranquilos, hay que empezar a trabajar. Después de esto el equipo va a cambiar, va a crecer mucho, va a mejorar”, confió. Metódico, hablaba como si ya estuviera ordenando los papeles para el día siguiente. Porque así es la vida de los oficinistas más aplicados.

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