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Elvira y Salvador, la pareja italiana que cometió una masacre en la Argentina en 1927

En otra entrega de Crónicas del crimen, te contamos el caso poco conocido de los asesinos que tuvieron en vilo al país en 1927

Los criminales mantuvieron en vilo a la Argentina durante una semana
Los criminales mantuvieron en vilo a la Argentina durante una semana.
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LA NACION
Domingo 28 de enero de 2018 • 02:08
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En la Jefatura de Cañada de Gómez, donde finalmente los detuvieron, se armó un pasillo humano entre policías y empleados. Todos querían ver de cerca a los asesinos que tuvieron en vilo al país durante una semana. Para varios de ellos, la curiosidad derivó en perplejidad cuando, engrillada y rumbo al calabozo, Elvira Farulla gritó desafiante: "¡Lo único que lamento es que nos hayan agarrado sin poder voltear a un policía!".

Ella, que apenas pasaba los 20 años, y su esposo, Salvador Marino, de 24, fueron los principales acusados de matar a seis personas hace 90 años en la localidad de Médanos, cercana a Bahía Blanca. Tras los crímenes comenzaron una huida que tuvo derivaciones cinematográficas, hasta que fueron atrapados en Santa Fe.

La masacre se cometió el 22 de marzo de 1927, pero la policía recién llegó al lugar el día 30, alertada por un peón, Serafín Pérez, que llegó a la estancia Salina Chica y la encontró abandonada. La noticia se publicó en los diarios por primera vez el 31 de marzo.

Los criminales mantuvieron en vilo a la Argentina durante una semana
Los criminales mantuvieron en vilo a la Argentina durante una semana.

El oficial Ezurdia, que fue el primer en llegar a la escena, encontró el cuerpo de una mujer semienterrado. Luego de una breve búsqueda, descubrió otros cinco cadáveres.

Las habitaciones estaban en completo desorden y, aunque las señales indicaban que alguien trató de limpiar el lugar, se notaba que el trabajo había quedado inconcluso: había manchas de sangre por todas partes.

Una escena espeluznante

Durante el proceso de identificación de las víctimas comenzaron también a conocerse los detalles de un crimen brutal. El ingeniero Antenor Galíndez, de 71 años y dueño de la finca, tenía un tiro en el cuello. Su esposa, Elena Molina, de 65, y sus hijos, Samuel, de 37, e Irene, de 20, habían sido asesinados a hachazos y martillazos. La mucama española de la familia, Emilia de García, de 32, había recibido un hachazo en la parte izquierda de la cabeza, y a Federico Winkler, de 27 años, un alemán encargado de la estancia, le habían partido el cráneo partido en dos a machetazos.

Pese a que los Galíndez eran una familia con poca relación con sus vecinos, la policía reconstruyó rápidamente lo ocurrido. Allí trabajaban y vivían Salvador y su esposa Elvira, ambos italianos. Tenían una hija de 3 años, Pola. Llevaban tres meses en el lugar y habían conseguido el trabajo por una agencia de colocaciones. Además, en la investigación surgieron los nombres de otros dos empleados, de origen ruso: Jacobo Presderks y Gregorio Russin.

Salvador Marino a la izquierda, esposado tras la detención, y su mujer, Elvira Farulla, a la derecha; en el centro, Gregorio Russin, el hombre que los ayudó a escapar
Salvador Marino a la izquierda, esposado tras la detención, y su mujer, Elvira Farulla, a la derecha; en el centro, Gregorio Russin, el hombre que los ayudó a escapar.

Al único que encontraron fue a Presderks, que quedó detenido luego de cometer una serie de contradicciones en su relato de los hechos. Entre otras cosas, dijo que los italianos los ataron con alambres a él y a Russin en un galpón. Sin embargo, luego describió cómo habían sido los asesinatos en otros sectores de la estancia, que se supone no habría podido ver si estaba atado. En otro momento de la reconstrucción del crimen ante el juez Felipe Flores, se incriminó torpemente al decir: “Cuando matamos a la mucama…”.

Tras reconocer su participación en la masacre, Presderks describió con escalofriante precisión los hechos. Contó que Salvador estaba molesto porque los patrones le debían 2 mil pesos (aunque probablemente mintió, porque en esa época, la cifra era muy elevada para tres meses de trabajo).

Según detalló el ruso, cuando Salvador estaba haciendo varios pozos para plantar árboles -luego enterraría allí los cuerpos- le dijo a su compañero: “Lo van a pagar de la peor manera”.

Los investigadores pudieron reconstruir los crímenes y determinaron que el primero en morir fue el viejo Galíndez: cerca de las 17 de esa tarde oscura, Elvira lo ejecuto de un disparo. Más o menos a la par, Salvador arremetió contra la esposa del dueño de la estancia, que estaba en una silla mecedora. Le partió la cabeza con un hacha de picar carne.

Fue entonces cuando llegaron Presderks, Russin y la mucama. “Ellos no la querían matar a Emilia, pero gritaba demasiado. No hubo otro remedio que eliminarla”, explicó el ruso detenido.

Salvador estuvo a punto de cargar contra los otros dos, pero Russin le pidió que no lo hiciera, que era el único que sabía manejar y podía ayudarlos a escapar. Elvira detuvo a su esposo cuando iba a atacar a Presderks: “¡No lo mates, no ves que es un infeliz!”, le pidió. "Nunca vi una mujer como Elvira. Es una fiera", declararía el ruso ante el juez tras los crímenes.

Samuel e Irene no se encontraban en el lugar. Habían ido a la ciudad en el auto, a llevar a la estación al doctor Orlando Casares, un amigo que había visitado a la familia durante varios días.

Volvieron cerca de las 20. Elvira y Salvador los esperaron en la oscuridad entre los sauces, y le indicaron a Russin y a Presderks que los escoltaran por si los hermanos se defendían.

Apenas bajaron del auto, Elvira le disparó a Samuel y Salvador atacó con el hacha a Irene. Herido, Samuel intentó incorporarse y Salvador le dio un hachazo en la cabeza. Presderks pareció sentir algo de lástima acerca de la muerte de Irene: "Era muy linda y simpática la joven Irene. Me trató siempre muy bien, muy cariñosamente", le diría el ruso al juez días después.

Mientras se llevaba a cabo la masacre, la pequeña Pola, hija de la pareja italiana, corría de un lado para otro llorando, con los pies manchados de sangre.

Sólo faltaba una persona, el alemán Winkler. Llegó más tarde, cuando ya habían movido los cuerpos hasta los pozos que habían comenzado a cavar para los árboles. Cuando se acercó a la puerta de la casa, Salvador le dijo: “Desensillá y largá el caballo al monte”.

Mientras se bajaba, Winkler le respondió: “No hombre, tengo que trabajar mañana, necesito el caballo”. Salvador le tiró la montura al suelo y, cuando el alemán se agachó para recogerla, le dio un hachazo en la nuca.

La pareja italiana se robó las armas, la chequera de Antenor, las joyas y relojes y a la mañana siguiente huyeron del lugar en el auto. Dejaron a Jacobo en la chacra de Ravenessi, un vecino.

Escape y búsqueda

Mientras seguía buscando a los asesinos, la policía comenzó a reconstruir los hechos gracias a declaraciones de los vecinos de Médanos.

La pareja no había llegado muy lejos: dos días después de cometer los homicidios, se alojaron en el Hotel Comercio, en Médanos. Allí recibieron la visita del doctor Braggio, para atender a Elvira, que sentía una opresión en el pecho y un dolor interno. El médico les dijo que se trataba de una alteración gástrica, probablemente, por la tensión nerviosa.

Salvador no tenía dinero, pero le prometió a los dueños del hotel que pagaría al regreso de un viaje a Bahía Blanca. Dejó, en garantía, unos bultos con sus pertenencias. El señor Balbín, dueño del hotel, accedió al pedido porque conocía a Salvador como empleado de Galíndez. El auto quedó estacionado en la puerta del hotel.

Jacobo Presderks, uno de los acusados
Jacobo Presderks, uno de los acusados.

El aviso sobre los prófugos se difundió a la policía en todo el país. Hasta se alertó a las fuerzas de seguridad en Uruguay y se realizaron operativos de búsqueda en Montevideo, Colonia, Soriano, Río Negro, Paysandú y Salto.

El 2 de abril, los empleados de la agencia del buque Atlanta dijeron haber visto abordar a Salvador y Elvira con destino a Palermo, Italia. La policía envió un radio telegrama para que se procediera a la detención, pero no los encontraron.

Las fotos de los tres criminales en fuga -los italianos y el otro ruso- fueron entregadas a los diarios, que advertían sobre el peligro.

Mientras tanto, más detalles de los crímenes salían a la luz. El juez Flores indicó que se encontraron 12 cartuchos de dinamita debajo de la cuna de en que solía reposar la hija de los italianos. “Esto revela o un temperamento nada común aún en los más empedernidos criminales o una inexplicable colocación por mano ajena de ese explosivo", decía el expediente.

El final

El chacarero José Rosso, de Cañada de Gómez, buscaba gente para juntar maíz. Se acercó a la fonda de Colombo Olivieri y allí conoció a dos peones y una mujer. Tal vez no enterado de los crímenes, Rosso no reconoció a los prófugos y les prometió tres pesos por día de trabajo, alojamiento y comida.

El primer día, Sebastián Rosso (hijo de José), se acercó a los trabajadores y, en medio de los maizales, notó que Salvador llevaba un arma en la cintura. Le preguntó para qué era y éste le contestó: "Es por si sale alguna liebre".

Al día siguiente, Russin le pidió al dueño de la chacra que lo alcanzara hasta el pueblo, porque quería afeitarse. Así lo hizo y quedó en buscarlo una hora después para regresar al trabajo.

Pero Russin ya se había ido y no volvió a verlo. Fue allí que Rosso leyó los diarios y comenzó a dudar acerca de sus nuevos empleados. Por eso decidió visitar al comisario Enrique Goñi, a quien le transmitió sus sospechas.

La policía decidió esperar para no alertar a los sospechosos y preparó el operativo de captura para el día siguiente.

A las 8 de la mañana del 5 de abril, tres vehículos se acercaron a la chacra. El sargento Plácido Martínez y los agentes Anselmo Silva y Francisco Medina, fueron vestidos de civil. Simularon haber sido contratados para juntar maíz.

"Martínez intentó detener a Marino, que sacó una aguja que usaba para deschalar el maíz y lo cortó varias veces en la cara"
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Salvador se encontraba en su momento de descanso, tomando café con su mujer. Martínez se acercó y les preguntó si la paga era buena. Salvador le dijo que no, que era bastante reducida, pero que vivían y comían en la chacra.

Apenas entró en confianza, Martínez intentó detener a Salvador, que sacó una aguja que usaba para deschalar el maíz y lo cortó varias veces en la cara.

Mientras tanto, Silva se lanzó sobre la mujer, que dejó a su hija en el suelo y sacó un revólver. Después de forcejear un largo rato, Medina lo ayudó a detenerla. Fue entonces cuando llegaron otros cinco agentes uniformados y finalmente detuvieron a la pareja.

La pareja italiana fue trasladada a la comisaría. La policía dejó entrar a los periodistas hasta los calabozos para que vieran a los reos. El cronista de LA NACION describió así a Elvira: "Su aspecto es el de una criolla, pues es muy morocha. Viste traje a rayas azules y blancas y su aspecto físico es débil, de modo que no se explica cómo pudo ofrecer la prolongada resistencia que opuso al agente Silva, que es alto y robusto. Es una mujer de fisonomía poco simpática, aunque juvenil; usa melena, un tanto descuidada y su expresión es torva y poco comunicativa".

Por su parte, Salvador, al ser consultado sobre si él había cometido el crimen, dijo: “No es cierto, fueron unos enmascarados. Nosotros pudimos escapar milagrosamente”.

Juan Farulla, hermano de Elvira que vivía en Arroyo Seco, quedó a cargo de la pequeña Pola. La pareja fue trasladada a Rosario y de allí en tren a Retiro. Un día después, partieron desde Temperley a Bahía Blanca. En los interrogatorios, Salvador simuló estar demente: "¡Mussolini va a mandar una escuadra para arreglar mi situación!", gritaba.

Gregorio Russin seguía prófugo. A través de manos anónimas le hizo llegar cartas a sus padres en Bahía Blanca. Allí les explicó que sólo había ayudado a enterrar los cuerpos porque ellos se lo pidieron. Los familiares de Russin le llevaron la carta al juez.

Mientras tanto, el gobierno ofreció una recompensa de 10 mil pesos para aquellas personas que lograran dar con el último prófugo. La reacción no fue la esperada. Varios querían cobrar el dinero sin tener mucha seguridad de lo que hacían. Dos policías detuvieron a una persona y reclamaron la recompensa, aunque unos días después se confirmó que no se trataba de Russin, sino de un italiano llamado Libio Valeri, que ni siquiera tenía antecedentes.

Casi un mes después de los crímenes, el ruso fue detenido en una chacra en San Cristobal, Santa Fe.

Tras someterse a las pruebas dactiloscópicas, terminó por confesar su identidad. ¿Cómo cayó? Había conseguido documentación con otro nombre, se recortó la barba y se dejó bigotes. Dijo llamarse Julio Liberson. Se presentó a buscar trabajo como extranjero y dijo no saber hablar castellano. Consiguió un puesto en la chacra del señor Miguel Bijmann, en San Cristobal, que lo contrató por 30 pesos al mes, más el 5 por ciento de la cosecha.

Luego de varios días de trabajo, Russin le pidió a su patrón que llevara una carta al correo. Bijmann, que sospechaba de él por su poca comunicación, abrió la carta y leyó que el mensaje era para los padres de Russin. A esa altura de los hechos, ya todo el país estaba alerta.

La cobertura en LA NACION

El día que se conoció el crimen

El relato de los hechos, según Presderks

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