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Las enseñanzas de la tragedia

Lo ocurrido debe constituir un punto de inflexión a partir del cual se revalorice el papel de las Fuerzas Armadas y se las dote de un presupuesto adecuado

Martes 09 de enero de 2018
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A casi dos meses de la desaparición del submarino ARA San Juan en las aguas del Atlántico Sur, las posibilidades de hallarlo son muy remotas, y por eso resultan estériles y dañinos los serios conflictos que el trágico acontecimiento produjo en el ministerio del área y entre los máximos oficiales superiores de la Armada.

Lo primero que cabe acotar es que las 44 valiosas vidas que se perdieron y el propio submarino se habrían preservado si esos enfrentamientos a raíz del estado del ARA San Juan se hubieran producido antes de que zarpara de Ushuaia para emprender la que sería su última misión, consistente en proteger el mar Argentino de los buques pesqueros que lo depredan.

De todos modos, la tragedia y las pugnas consiguientes no son más que un fiel indicador del estado de abandono y del deterioro moral y material en el que cayeron nuestras Fuerzas Armadas tras décadas de penurias presupuestarias y pisoteo por parte de las autoridades políticas. En vez de ser consideradas el brazo armado de la Nación se las convirtió, sobre todo durante los años del kirchnerismo, en un estorbo, al que era preciso degradar y que debía generar el menor gasto posible.

Esa situación de crudo aislamiento se tornó evidente durante el drama del San Juan, pues el ministro de Defensa, Oscar Aguad, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, teniente general Bari del Valle Sosa, ambos de pobre desempeño, dejaron transcurrir varias semanas hasta referirse a la tragedia.

En un primer momento, como se recordará, la Armada no fue explícita cuando comenzó a informar oficialmente la suerte corrida por el San Juan, responsabilidad que de ninguna manera le cabe al esforzado vocero de la fuerza, capitán de navío Enrique Balbi, quien se desenvolvió en soledad pero con solvencia.

Primero se habló de una pérdida de contacto con el submarino. En aquellas jornadas iniciales llamaba la atención que no se hubiera dispuesto en forma inmediata el operativo de búsqueda y rescate.

Luego de que un respetado organismo internacional divulgó que en la zona se habían registrado ondas sonoras equiparables con una explosión, la información se volvió más realista. Finalmente, alguien de la Armada filtró al periodismo el mensaje secreto en el que el San Juan comunicó que por el snorkel había ingresado agua en el tanque de baterías y hubo un principio de incendio, que fue dominado, por lo cual continuaba rumbo a su base, en Mar del Plata. A partir de ahí, creció la incógnita sobre el verdadero estado de la nave.

La magnitud de lo ocurrido debe disuadir a quienes procuren cortar el hilo por lo más delgado -el capitán de la nave-, porque las responsabilidades son múltiples y de muy larga data, y por eso incumben no sólo a la cúpula de la Armada, sino también y principalmente al estamento político, que es el que decide el presupuesto para las Fuerzas Armadas, su asignación y control. Dotarlas del equipamiento y el adiestramiento necesarios para cumplir su misión permitirá evitar otra tragedia similar.

La Armada dedica solamente el 4,5 por ciento de su presupuesto a los equipos y su mantenimiento. De ahí que la inversión en infraestructura no sea una prioridad en el presupuesto de esa fuerza, que destina el 87 por ciento a gastos de personal. En la región, nuestro país es el que menos invierte en su defensa.

En 2010, el Libro Blanco del Ministerio de Defensa admitía que en los inicios del siglo XXI el sistema de defensa nacional presentaba un conjunto de disfuncionalidades estructurales que habían contribuido a sumirlo en "una profunda crisis existencial". Y citaba la desorientación estratégica; un marco normativo e institucional incompleto; la ausencia de organización y de acción militar conjunta; la obsolescencia y degradación del material, y la ineficiencia estructural. Al referirnos en 2015 a este problema, sostuvimos en esta columna editorial que la situación se había agravado y mencionamos "el deterioro moral de nuestras Fuerzas Armadas".

Lo ocurrido en nuestras aguas australes debería servir para comenzar a remontar la acelerada decadencia y el desmantelamiento de nuestra defensa y de las propias Fuerzas Armadas. Las 44 vidas perdidas dan cuenta de que ese cambio no admite más postergaciones. Esos tripulantes sacrificaron sus vidas protegiendo nuestro mar y merecen ser considerados héroes. Como tales, se les adeuda el debido homenaje.

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