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Ai Weiwei, contra viento y marea

PARA LA NACION
Viernes 12 de enero de 2018 • 00:49
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“Ser refugiado es mucho más que un estatus político, es el tipo de crueldad más omnipresente que puede ejercerse contra un ser humano. Se lo está despojando de todos los aspectos que hacen que la vida humana sea no solo tolerable, sino significativa”. Esto dice Ai Weiwei en Marea Humana, el documental escrito y dirigido por el célebre artista, cineasta y activista contemporáneo de origen chino, cuya instalación, en la muestra Inoculación, de la Fundación Proa en La Boca, que estará hasta el 2 de abril, retrata una de las crisis más dolorosas de la actualidad. Ley del viaje es un bote inflable negro con figuras a gran escala, igualmente negras e inflables. La obra representa el primer punto de contacto de los refugiados con las costas europeas, y el primer encuentro de Ai Weiwei con la gente que inspiró su activismo. “No hay crisis de refugiados, sino crisis humanitaria (…). En este momento de incertidumbre necesitamos una mayor tolerancia, compasión y confianza en el prójimo ya que todos somos uno”. Asegura y, claro, siente una cercanía profunda con esos miles y miles de personas, niños, que buscan desesperadamente un lugar en el mundo donde establecer su familia, sus sueños.

Como un refugiado sin rumbo debe haberse sentido Ai Weiwei, en varios momentos de su vida en China y fuera de ella. En el mismo año de su nacimiento, su padre, el poeta Ai Qing, fue enviado a hacer trabajos forzados al desierto de Gobi, y (Ai) su hijo, vivió 16 años junto a él -niñez y adolescencia- en una zona re-mota y alejada, cerca de la frontera de Rusia, en condiciones extremadamente se-veras. Ai Qing fue acusado como escritor de ser antirrevolucionario, anticomunista, y eso era un crimen grave. Más tarde, durante la Revolución Cultural en China, se vio obligado a limpiar baños públicos, un castigo extremo para un hombre intelectual (de 60 años) que nunca había hecho ningún trabajo físico. “Si él dejaba de trabajar un día, al siguiente la labor sería exactamente el doble y no podría manejarlo. No tuvo un sólo día de descanso”, cuenta Ai Weiwei en la entrevista realizada por Hans Ulrich Obrist.

“Solía ir a visitarlo a esos baños para observarlo trabajar. Era muy pequeño para ayudarlo, él bromeaba y dejaba esos espacios totalmente limpios, relucientes. Esa fue mi educación infantil”. Recuerda y lo relaciona con la importancia de darle sentido a la vida haciendo una reflexión constante a través del arte, sobre La Humanidad. Sobre la falta de humanidad que reina en el mundo, sobre el ataque a los derechos humanos, sobre la locura insensible que deja enfrentados a unos contra otros, cuando somos lo mismo: cuerpo y alma. Su padre fue el camino a seguir; la historia de su progenitor lo marcó para siempre. Y la de su país: China, también.

Ai wei con su papá
Ai wei con su papá.

Una de las imágenes fundacionales para Weiwei, como artista y activista, fue el momento en que su padre decidió quemar sus libros delante de él para evitar más castigos de la policía de la Revolución Cultural; eran libros de arte y poesía. Hicieron una fogata y quemaron los libros página por página.

—¿Qué le causa temor? —le pregunta Marcello Dantas, curador de la muestra en Proa. —Mi miedo más profundo sería perder la conciencia, no poder ser crítico, perder compasión por la humanidad —responde el artista. En la vida de Ai Weiwei, sus sueños, sus dramas, han aparecido como arte. Se sobrepone al trauma en un proceso permanente, tanto a nivel personal como colectivo.

Volvió a Beijing y eso significó, después de aquel exilio, una suerte de incipiente crecimiento cultural. Una especie de primavera. Entró a la academia de cine, buscó lazos que le permitieran la libertad. Formaron un grupo de múltiples artistas idealistas que buscaban los valores de la democracia a través del arte (The Stars), que finalmente fue reprimido, algunos de sus integrantes terminaron en prisión acusados de ser espías de occidente. Una locura, una excusa para aplastarlos una vez más. Una vez más la realidad de su país lo volvía a poner en el mismo lugar: no saber a dónde ir, qué hacer, cómo ser libre.

La próxima parada de Ai Weiwei hacia la libertad fue Nueva York. Toda su formación y experiencia en lo contemporáneo las adquirió a lo largo de doce años de deambular por la ciudad. “Después de Duchamp... ser un artista tiene más que ver con un estilo de vida y actitud que producir algún producto”, proclamó como punto de partida hacia adelante. Vio la democracia en acción, las protestas por el sida, y también, desde lejos, vio a China despedazarse, dolorosamente: el terrible desenlace de la confrontación entre estudiantes desarmados y el Ejército Popular de Liberación en la Plaza Tiananmén en Beijing, el 4 de junio de 1989. Ai perma-neció en Nueva York por otros cuatro años hasta que su padre se enfermó. No quería volver, pero el amor por el hombre que le había mostrado el camino fue más fuerte. Estaba otra vez en China, otra vez en el mismo lugar. Apegado a su destino.

“Cuando volví a China, era un extranjero de nuevo, porque era un país al que yo odiaba solamente porque aplastaba todo lo que es humano y porque no había ni libertad de expresión ni derechos humanos”. Se instaló y creó en Beijing su estu-dio de diseño y arquitectura: Beijing FAKE cultural Developement, el nombre es un juego de palabras entre la palabra inglesa FAKE y su traducción literaria al chino que es un homónimo de la palabra inglesa FUCK. Siempre corriendo los límites. Sin miedo. O atravesando el miedo. Su arte crea una forma de libertad de expresión en cada obra. Dice: “El arte va en contra de la repetición y nos conduce a formas más riesgosas de expresarnos a nosotros mismos”. También: “El arte crea una forma de libertad de expresión que no existía antes, es único y podero-so”. El arte para Ai Weiwei es la forma de ser él mismo, de trascender a su histo-ria, de comprenderla, de no somerterse a ella. Y ser finalmente libre, contra vien-to y marea.

En Proa, una muestra de su arte

Tres obras forman parte del mismo episodio de su vida, que son una muestra de cómo y sobre qué ideas convierte su vida en una obra:

La demolicion forzada del estudio del artista en Shangai

Todo comienza a Principios de 2008, cuando el gobierno lo invita a construir un estudio para promover la cultura Local. Cuando el estudio estaba terminado, comienza a organizar una fiesta de inauguración con sus amigos y seguidores, en donde serviría 10.000 cangrejos de río citando la proclama maoísta: “Mao vivirá 10.000 años”.

A partir de ahí, el gobierno declara que el estudio es una construcción ilegal y ordena su demolición. Ai Weiwei fue puesto en arresto domiciliario y decidió que la fiesta se realice igual, sin él, a modo de agasajo (irónico) por la demolición.

El video “Casa de cangrejos” documenta la fiesta del cangrejo del río.

En sintonía con ese hecho, la instalación Cangrejos, realizada dos años más tarde, en porcelana, por artesanos especialistas, encierra varios sentidos: En chino, He Xie es una palabra para referirse a la censura estatal, también suena como He Xie, Cangrejo. Artesanos de china hicieron, en porcelana, cangrejos, que sostuvieron la ironía de la situación política y la llevaron a un plano físico y cotidiano que se pudiera entender. El cangrejo tiene, además, una larga tradición en China.

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