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Cómo se siente que te caiga un rayo en la cabeza

Aunque tienen la reputación de ser mortíferos, la mayoría de las personas que es alcanzada por un rayo sobrevive para contar su experiencia
Aunque tienen la reputación de ser mortíferos, la mayoría de las personas que es alcanzada por un rayo sobrevive para contar su experiencia.
Sábado 20 de enero de 2018 • 00:42
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Algunas veces guardan la ropa, las tiras de camisas o de pantalones que no cortaron y desecharon los médicos y las enfermeras. Ellos contarán y contarán su historia en reuniones familiares y en línea, y compartirán fotografías y noticias de supervivencia como si fueran propias o tragedias mucho más grandes. El video de un turista golpeado en una playa brasileña o del texano muerto mientras corría. Las 65 personas que murieron durante una tormenta de cuatro días en Bangladesh.

Solamente recopilando los informes de los espectadores, la ropa chamuscada y la piel quemada, los sobrevivientes pueden comenzar a construir su propia imagen de la posible trayectoria de la corriente eléctrica, que puede acercarse a los 200 millones de voltios y viajar a un tercio de la velocidad de la luz.

De este modo, la familia de Jaime Santana hilvanó algo de lo que sucedió ese sábado 16 de abril por la tarde, a través de sus heridas, de su ropa quemada y, sobre todo, de su sombrero de paja de ala ancha hecho trizas. “Parece que alguien lanzó una bala de cañón a través de él”, dice Sydney Vail, una cirujana de trauma en Phoenix, Arizona, quien ayudó a cuidar a Jaime después de que llegó en ambulancia. El corazón de Jaime había sido estimulado varias veces en el camino por los paramédicos que luchaban para estabilizar su ritmo.

Jaime había estado montando a caballo con su cuñado y otras dos personas en las montañas, detrás de la casa de su cuñado, en las afueras de Phoenix, en lo que era un pasatiempo frecuente de fin de semana. Se habían formado nubes oscuras, que se iban en su dirección, así que el grupo había emprendido el camino de regreso.

Casi habían llegado a la casa cuando todo sucedió, cuenta Alejandro Torres, el cuñado de Jaime. Los jinetes habían presenciado varios relámpagos cuando se acercaban a la casa de Alejandro, los suficientes como para comentar sobre los drásticos zigzags que cruzaban el cielo. Pero apenas habían caído algunas gotas de lluvia cuando se acercaban a los corrales de caballos, solo a unos cientos de metros de la parte trasera de la propiedad.

Alejandro no cree que haya quedado inconsciente por mucho tiempo. Cuando recuperó la conciencia, estaba acostado boca abajo en el suelo y le dolía todo el cuerpo. Su caballo había desaparecido.

Los otros dos jinetes parecían sobresaltados pero estaban ilesos. Alejandro fue a buscar a Jaime, a quien encontró al otro lado de su caballo caído. Y Alejandro rozó las patas del caballo cuando pasó a su lado.

Llegó hasta donde estaba Jaime: “Vi que salía humo; y ahí es cuando me asusté”. Las llamas salían del pecho de Jaime. Alejandro apagó las llamas con las manos tres veces. Pero las tres veces volvieron a encenderse.

No fue hasta más tarde que comenzaron a darse cuenta de lo que había sucedido: Jaime había sido golpeado por un rayo.

La remera y sombrero que llevaba Jaime Santana, y una bota que usaba Justin Gauger cuando fueron alcanzados por un rayo
La remera y sombrero que llevaba Jaime Santana, y una bota que usaba Justin Gauger cuando fueron alcanzados por un rayo. Foto: William LeGoullon bajo licencia CC BY 40

La caña de Justin

Por otro lado, Justin Gauger desea que su recuerdo de cuando fue alcanzado por el rayo (mientras pescaba truchas en un lago cerca de Flagstaff, en Arizona) no fuera tan vívido. Si no lo fuera, reflexiona, tal vez la ansiedad y los efectos persistentes del trastorno de estrés postraumático no lo hubieran perseguido durante tanto tiempo. Incluso ahora, alrededor de tres años más tarde, cuando se avecina una tormenta, con los destellos parpadeantes de la luz que se acerca, él está más cómodo sentado sobre el mueble de su baño, supervisando su progreso con una aplicación de su teléfono.

Siendo un ávido pescador, Justin al principio se había alegrado cuando la lluvia comenzaba a caer esa tarde de agosto. La tormenta había empezado de repente, como suelen suceder durante la temporada de monzones de verano. Hay más probabilidades de que los peces piquen cuando está lloviendo, le dijo a su esposa, Rachel.

Pero como la lluvia aumentaba, haciéndose más fuerte y, luego, convirtiéndose en granizo, su esposa y su hija se dirigieron a su camioneta; su hijo las siguió más tarde. Las bolitas de nieve se tornaron más grandes, casi como del tamaño de una pelota de golf, y realmente empezaron a provocar dolor al golpear la cabeza y el cuerpo de Justin.

Se rindió y tomó la silla de lona plegable que tenía cerca (la carbonización en una de sus esquinas todavía se puede ver en la actualidad) y se encaminó hacia la camioneta. Rachel estaba filmando la tormenta desde el asiento delantero, planeando atrapar a su esposo cuando volvía corriendo mientras el granizo se intensificaba.

Al principio, todo lo que se ve en la pantalla es de color blanco, granizo que golpea el parabrisas. Luego, un destello hace parpadear la pantalla, el único que Rachel vio ese día, el que ella cree que derribó a su esposo.

Una explosión. Un dolor repentino e intenso. “Todo mi cuerpo estaba entumecido; no podía moverme más”, recuerda Justin. “No puedo explicar el dolor, solo puedo decir que es similar a cuando alguna vez metiste los dedos en el enchufe de chico… debés multiplicar esa sensación por un millón a través de todo el cuerpo”.

“Y vi una luz blanca que rodeaba mi cuerpo; era como si estuviera en una burbuja. Todo se movía en cámara lenta. Sentí que estaría en una burbuja para siempre”.

Una pareja que estaba parapetada debajo de un árbol cercano corrió en ayuda de Justin. Más tarde, le dijeron que todavía se aferraba a la silla. Su cuerpo sacaba humo.

Cuando Justin volvió en sí, estaba mirando a las personas que lo observaban desde arriba, sus oídos sonaban. Entonces se dio cuenta de que estaba paralizado desde la cintura para abajo. “Cuando descubrí que no podía mover las piernas, empecé a asustarme”.

Al describir ese día, sentado en el sofá de su casa, Justin pasa la mano por su espalda, trazando la trayectoria de sus quemaduras, que en un punto cubrieron aproximadamente un tercio de su cuerpo. Comenzaron cerca de su hombro derecho y se extendieron diagonalmente a través de su torso, dice, y luego continuaron por el exterior de sus piernas.

Se va y regresa con sus botas para la montaña, inclinándolas para mostrar varias marcas de quemaduras en el interior. Esas manchas redondas, oscuras, se alinean con las áreas chamuscadas en los calcetines que él usaba ese día y con las quemaduras del tamaño de una moneda que tenía en ambos pies, las cuales eran tan profundas que podría colocar la punta del dedo adentro.

Las marcas chamuscadas también se alinean con varios agujeros del tamaño de una aguja situados justo por encima de las suelas de goma gruesa de sus botas de tamaño 47. Justin supone, basándose en lo que le contó la pareja que estaba cerca de él y en la herida en su hombro derecho, que el rayo golpeó la parte superior de su cuerpo y luego salió por sus pies

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La ira de los rayos

Aunque los sobrevivientes con frecuencia hablan de heridas de entrada y de salida, es difícil determinar en retrospectiva y con precisión qué camino tomó el relámpago, dice Mary Ann Cooper, una médica de emergencias jubilada, de Chicago, quien ha estado investigando los rayos durante mucho tiempo. La evidencia visible de la ira del rayo, dice Cooper, refleja más el tipo de ropa que tenía el sobreviviente, las monedas que llevaba en sus bolsillos y las joyas que tenía puestas cuando el relámpago cayó sobre él.

Los rayos son responsables de más de 4000 muertes por año en todo el mundo, según lo que está documentado en informes de 26 países. De cada diez personas que son alcanzadas por un rayo, nueve sobrevivirán para contar lo sucedido. Pero podrían sufrir una variedad de efectos a corto y largo plazo. La lista es larga y desalentadora: paro cardíaco, confusión, convulsiones, mareos, dolores musculares, sordera, dolores de cabeza, trastorno de la memoria, distracción, cambios de personalidad y dolor crónico, entre otros.

Muchos sobrevivientes tienen una historia que desean compartir. En las publicaciones en línea y durante las reuniones anuales de?Lightning Strike & Electric Shock Survivors International?(Asociación Internacional de Sobrevivientes de Rayos y Choques Eléctricos, en idioma español), intercambian historias de su encuentro con la brutal fuerza de la naturaleza. El grupo se ha reunido en las montañas del sureste de Estados Unidos cada primavera desde que mantuvieron la primera reunión con 13 sobrevivientes, a principios de la década de 1990. En esos días previos a la Internet, era mucho más difícil encontrarse con otros sobrevivientes que estaban lidiando con dolores de cabeza, problemas de memoria, insomnio y otros efectos producidos por la caída de un rayo, dice Steve Marshburn, el fundador del grupo, quien ha estado viviendo con esos síntomas desde que fue alcanzado por un rayo cerca del cajero de un banco, en 1969.

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Grupos de autoayuda para sobrevivientes

Durante casi 30 años, él y su esposa han dirigido la organización, que ahora tiene casi 2000 miembros, desde su hogar en Carolina del Norte.

Los cambios en la personalidad y en el estado de ánimo que experimentan los sobrevivientes, algunas veces también con graves episodios de depresión, pueden afectar a las familias y a los matrimonios, en ocasiones hasta el punto de provocar una ruptura. A Cooper le gusta usar la analogía de que el rayo vuelve a conectar el cerebro de la misma manera que un choque eléctrico puede afectar una computadora; el exterior parece ileso, pero el?software?en el interior que controla su funcionamiento está dañado.

Tanto Marshburn como Cooper atribuyen la existencia misma de la organización a la posibilidad de salvar vidas, y previenen al menos 22 suicidios, según Marshburn. No es inusual para él responder una llamada en medio de la noche y hablar durante horas con alguien que está en apuros. Después de eso, queda agotado e incapaz de hacer mucho durante los próximos días.

A pesar de tener una profunda simpatía por los sobrevivientes, algunos síntomas todavía tensionan la credulidad de Cooper. Algunas personas sostienen que pueden detectar una tormenta mucho antes de que aparezca en el horizonte. Eso es posible, dice Cooper, dada su mayor sensibilidad a los signos de tormenta ocasionados por su trauma. Pero ella es menos abierta a otros informes, aquellos que dicen que sus computadoras se congelan cuando entran en una habitación, o que las baterías del equipo que abre la puerta de su garaje u otros dispositivos se agotan más rápidamente.

Sin embargo, incluso después de décadas de investigación, Cooper y otros expertos en rayos admiten fácilmente que hay muchas preguntas sin resolver, en un campo donde hay poco o ningún financiamiento de las investigaciones destinadas a descifrar las respuestas. No está claro, por ejemplo, por qué algunas personas parecen sufrir síntomas relacionados con las convulsiones después de una lesión provocada por los rayos. Además, ¿los sobrevivientes de rayos son más vulnerables a padecer otros problemas de salud, como las enfermedades del corazón, en el futuro?

Algunos sobrevivientes informan sentirse como nómades médicos, ya que luchan por encontrar un médico con una familiaridad incluso pasajera con las heridas relacionadas con los rayos. Justin, que pudo mover las piernas dentro de las cinco horas del hecho, finalmente buscó ayuda para sus frustraciones cognitivas y también pruebas relacionadas con el episodio, el año último, en la Clínica Mayo.

Además de tener que manejar el trastorno de estrés postraumático, Justin se irrita por tener que vivir con un cerebro que no funciona tan fluidamente como lo hizo alguna vez. No sabe cómo podría volver al tipo de trabajo que solía hacer; él dirigía un pequeño equipo que presentó casos legales y ayudó a defender al condado contra disputas por el valor de las propiedades. Hablando por teléfono un día, y con un tono bastante elocuente, trata de expresar las batallas que lo acechan justo por debajo de todo esto. “Las palabras en mi cabeza están revueltas. Cuando pienso en lo que estoy tratando de decir, está todo revuelto. Así que cuando salen, puede suceder que no suenen bien”.

Nadie sabe a ciencia cierta por qué los rayos dejan ciertas secuelas en las personas alcanzadas
Nadie sabe a ciencia cierta por qué los rayos dejan ciertas secuelas en las personas alcanzadas.

Por qué se quema la ropa

Cuando alguien es golpeado por un rayo, eso sucede tan rápidamente que sólo una cantidad muy pequeña de la electricidad rebota a través del cuerpo. La gran mayoría viaja por el exterior en un efecto de “descarga”, explica Cooper.

A modo de comparación, al entrar en contacto con la electricidad de alto voltaje, como en el caso de un alambre caído, existe la posibilidad de que se produzcan más lesiones internas, ya que la exposición puede ser más prolongada. Una exposición “larga” podría ser relativamente breve; podría durar apenas algunos segundos. Pero ese es el tiempo suficiente para que la electricidad penetre en la superficie de la piel, corriéndose así el riesgo de sufrir lesiones internas, incluso hasta el punto de llegar a quemar músculos y tejidos y tener que amputar una mano o una extremidad.

Entonces, ¿qué causa las quemaduras externas? Cooper explica que, a medida que un rayo se desplaza por el cuerpo, podría entrar en contacto con el sudor o con las gotas de lluvia en la superficie de la piel. El agua líquida aumenta de volumen cuando se convierte en vapor, por lo que incluso una pequeña cantidad puede crear una “explosión de vapor”. “Literalmente hace explotar la ropa”, señala Cooper. En ocasiones, los zapatos también.

Sin embargo, es más probable que los zapatos se rompan o se dañen en el interior porque ahí es donde se produce la acumulación de calor y la explosión de vapor. “Eso es todo”, responde Cooper cuando le cuentan sobre las marcas chamuscadas en las botas que usa Justin para andar por la montaña.

Respecto de la ropa, el vapor interactuará con ella de manera diferente dependiendo del material con el cual está fabricada. Una chaqueta de cuero puede atrapar el vapor en su interior, quemando así la piel del sobreviviente. El poliéster se puede derretir fácilmente; sobre todo las costuras que alguna vez unieron las partes de una camisa o de una chaqueta, dice Cooper, que ha visto una cantidad decente de reliquias posteriores a la caída de un rayo a través de los años.

Cooper fue la autora de uno de los primeros estudios sobre heridas ocasionadas por rayos, el cual fue publicado hace casi cuatro décadas. Allí revisó 66 informes médicos sobre pacientes gravemente heridos, entre los que se incluyó a ocho que había tratado ella misma. La pérdida de conciencia fue un factor común. Alrededor de un tercio experimentó al menos alguna parálisis temporaria en brazos o piernas.

Esas tasas podrían estar en el lado alto de la escala; Cooper señala que no todos los pacientes afectados por rayos han resultado lo suficientemente lesionados como para que los médicos escriban sobre sus casos. Pero los sobrevivientes describen a menudo la parálisis temporal, como la que sufrió Justin, o una pérdida de la conciencia, aunque se desconoce porqué.

Existe un mayor entendimiento de la capacidad que tiene el rayo para afectar los impulsos eléctricos en el corazón gracias a experimentos llevados a cabo con ovejas australianas. La corriente eléctrica masiva de un rayo puede temporariamente “aturdir” al corazón, dice Chris Andrews, un médico e investigador de rayos en la Universidad de Queensland, en Australia. Afortunadamente, sin embargo, el corazón posee un marcapasos natural. Con frecuencia, puede reconfigurarse.

El problema es que el rayo también puede afectar la región del cerebro que controla la respiración. Allí no existe un dispositivo de reconfiguración incorporado, lo que significa que la fuente de oxígeno de una persona puede llegar a agotarse peligrosamente. El riesgo entonces es que el corazón sucumba a un segundo ataque, posiblemente mortal, dice Andrews. “Si alguien ha vivido para decir: 'Sí, yo estuve aturdido [por un rayo]', es probable que su respiración se haya detenido por completo y que se haya restablecido justo a tiempo para mantener al corazón latiendo”.

Es particularmente preocupante que, al penetrar en los oídos, el rayo puede alcanzar rápidamente la región del cerebro que controla la respiración, dice Andrews. Al entrar en el cuerpo, la electricidad puede viajar a cualquier otro lado del cuerpo a través de la sangre o del líquido que rodea al cerebro y la médula espinal. Una vez que llega al torrente sanguíneo, dice Andrews, el paso al corazón es muy rápido.

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Del cielo a la tierra

El rayo comienza arriba, en las nubes, a veces 4580 a 7620 metros sobre la superficie de la Tierra. A medida que desciende hacia el suelo, la electricidad busca, busca y busca algo para conectarse. Da pasos, casi como en una escalera, en una serie trepidante de incrementos de aproximadamente 50 metros. Una vez que el rayo está a alrededor de 50 metros del suelo, busca de nuevo, al estilo de un péndulo, en un radio cercano, “lo más conveniente para golpear lo más rápido posible”, dice Ron Holle, un meteorólogo estadounidense e investigador de rayos de larga data.

Los candidatos principales incluyen objetos aislados y puntiagudos: árboles, postes de servicios públicos, edificios y, ocasionalmente, personas. La secuencia nube-a-tierra entera sucede cegadoramente rápido.

A Holle ni siquiera le gusta la palabra 'golpeado', diciendo que implica que los rayos afectan al cuerpo directamente. De hecho, los rayos directos son sorprendentemente raros. Holle, Cooper y varios otros investigadores prominentes en el ámbito de los rayos recientemente unieron su experiencia y calcularon que son responsables de no más del 3 al 5 por ciento de las lesiones.

Justin considera que él experimentó lo que se denomina golpe lateral o derivación, en el que el rayo pasa desde algo que ha golpeado, como por ejemplo un árbol o un poste telefónico, dando saltos, hasta un objeto o una persona cercana. Considerado el segundo peligro más común que ocasionan los rayos, los golpes laterales infligen, o provocan, del 20 al 30 por ciento de lesiones y muertes.

Por mucho, la causa más común de lesión es la corriente de tierra, en la que la electricidad recorre la superficie de la Tierra, atrapando de este modo dentro de sus circuitos a un rebaño de vacas o a un grupo de personas que duermen debajo de una carpa o de una cabaña que está cubierta de paja.

Como regla general, en las regiones de altos ingresos del mundo, los hombres son más propensos que las mujeres a morir o recibir heridas ocasionadas por rayos; al menos dos tercios de las veces son las víctimas, y posiblemente más según el estudio. Una posibilidad es la propensión de los “hombres a arriesgarse”, comenta Holle, así como la exposición relacionada con el trabajo. Son más propensos los más jóvenes, 20 o 30 años, y quienes se encuentran haciendo algo afuera, con frecuencia en el agua o cerca.

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Qué hacer frente a una tormenta eléctrica

Pero, ¿qué debe hacer si se encuentra varado lejos de un edificio o automóvil cuando se levanta una tormenta? Hay algunos consejos disponibles: evite picos de montañas, árboles altos o cualquier cuerpo de agua. Busque un barranco o una depresión. Si está en grupo, deben separarse y mantener una distancia de al menos 6 metros entre cada persona para reducir el riesgo de lesiones múltiples. No se acueste porque esto aumenta la exposición a la corriente de tierra. Incluso hay una posición recomendada para cuando hay rayos: agachado, manteniendo los pies juntos.

Sin embargo, no se atreva a preguntar a Holle sobre ninguna de estas sugerencias. No hay algo que brinde una garantía contra los rayos, repite él más de una vez. “Hay casos en los que estas estrategias han llevado a la muerte”. En su cubículo del centro de control de la Red Nacional Estadounidense para la Detección de Rayos (NLDN, por su sigla en idioma inglés), en Tucson, operada por Vaisala, una compañía de observación ambiental con sede en Finlandia, Holle ha acumulado pilas y pilas de carpetas repletas de artículos y otros escritos detallando una letanía aparentemente interminable de escenarios relacionados con los rayos y que involucran a personas o animales; muertes y lesiones que se han producido en carpas, o durante competencias deportivas, o en individuos acurrucados debajo de un refugio de golf o de un refugio de picnic o en algún otro tipo de refugio.

Esa palabra encubre la realidad, dice Holle, ya que los llamados “refugios” pueden convertirse en “trampas mortales” durante una tormenta eléctrica. Proporcionan protección contra la lluvia, pero eso es todo.

Inicialmente, las campañas de seguridad contra los rayos promovieron la regla del 30/30, que dependía de que los individuos contaran los segundos después de que el relámpago brillaba. Si el trueno retumbaba antes de que llegaran a los 30 segundos, el rayo estaba lo suficientemente cerca como para constituir una amenaza. Pero ha habido una tendencia a alejarse de ese consejo por varias razones, dice Holle. Una es práctica: no siempre es fácil de imaginar qué estruendo de trueno corresponde a qué rayo.

En cambio, por razones de simplicidad, se aconseja a todos, desde los escolares hasta los abuelos: “Cuando el trueno ruge, vaya adentro”.

Una mejor educación no es la única razón por la cual las muertes ocasionadas por los rayos han disminuido constantemente en Estados Unidos, así como en Australia y en otras regiones de altos ingresos. La construcción de viviendas ha mejorado. Solamente en Estados Unidos, las muertes anuales han disminuido de más de 450, a comienzos de la década de 1990, a menos de 50, en los últimos años.

Aun así, para las personas de los países con ingresos altos es más fácil, en comparación con aquellas de las regiones donde la gente no tiene otra opción que trabajar afuera independientemente de las condiciones climáticas y donde los edificios a prueba de rayos son escasos. En un análisis de las muertes ocasionadas por los rayos en relación con la agricultura fuera de Estados Unidos, Holle se enteró de que más de la mitad de ellas ocurrieron en la India, seguida por Bangladesh y Filipinas. Las víctimas eran jóvenes (alrededor de 20 años, en el caso de los hombres, y alrededor de 30 años, en el caso de las mujeres) y trabajaban en granjas y arrozales.

Cooper recibió de lleno el impacto emocional de lo que el rayo puede hacer en África, cuando asistió a una conferencia sobre rayos, en el año 2011, en Nepal. Los presentadores fueron organizados por orden alfabético, por país, por lo que Cooper, que entonces estaba jubilaba como médica de urgencias pero todavía hacía trabajos relacionados con rayos, estaba sentada entre los presentadores de Uganda y de Zambia. Richard Tushemereirwe, quien era el representante de Uganda, siguió debatiendo y mostrando sus diapositivas mientras esperaba para hacer su presentación.

“Cuando se levantó para dar su presentación, estaba casi llorando”, recuerda. “Me enteré por mi investigación que tuvimos 75 personas muertas en Uganda durante la última temporada de rayos”. Y ese verano, relató él, 18 estudiantes habían muerto por un solo rayo en una escuela en el centro de Uganda.

La lluvia que había amenazado toda la tarde no comenzó a caer hasta que Sara y Alejandro condujeron hasta el Centro Médico Maricopa, en Phoenix. Alejandro se sentó tenso, aferrado a la terrible noticia que sabía. “Todo el camino estuve pensando: 'Él está muerto. ¿Cómo se lo digo a ella?'”.

Cuando llegaron, Alejandro quedó atónito al saber que Jaime estaba en cirugía. ¿Cirugía? Todavía había esperanza.

Jaime había llegado al centro de trauma de Phoenix con un ritmo cardíaco anormal, sangrado en el cerebro, moretones en los pulmones y daño en otros órganos, incluido el hígado, según Vail. Las quemaduras de segundo y tercer grado cubrían casi una quinta parte de su cuerpo. Los médicos lo colocaron en un coma químicamente inducido durante casi dos semanas para permitir que su cuerpo se recuperara, y un respirador lo ayudaba a respirar.

Jaime finalmente regresó a casa después de cinco meses de tratamiento y rehabilitación, que continúa en la actualidad. “Lo más difícil para mí es que no puedo caminar”, dice desde la sala de estar de la casa de sus padres. Los médicos han descripto algunos de los nervios de Jaime como “dormidos”, dice su hermana, Sara, algo que esperan que con el tiempo y la rehabilitación se solucione.

“Estamos viviendo algo que nunca pensamos que pasaría en un millón de años”, dice Lucía, la madre de Jaime, reflexionando sobre el rayo y la milagrosa supervivencia de Jaime, traduce Sara. Han dejado de preguntar por qué el rayo lo alcanzó esa tarde de abril. “Nunca vamos a ser capaces de responder por qué”, dice Sara. Así que en este momento es hora de que Jaime empiece a pensar en “lo que viene” con la nueva vida que le han dado.

Publicada en Mosaic Science bajo licencia Creative Commons BY 4.0 . Traducción de Angela Atadía de Borghetti

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