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El cineasta kitsch y el poeta renuente

LA NACION
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Pedro B. Rey
Sábado 20 de enero de 2018
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Había una vez una época en que ir al cine era para mí una materia casi diaria, un imperativo inconsciente. Como a muchos, las facilidades de hoy lograron lo que no consiguieron los tiempos del video. Sí, me he aburguesado. Dejo constancia entonces de la reciente aventura de haber pasado dos noches consecutivas en la burbuja de oscuridad sin interrupciones de una sala.

No es necesario hacer el elogio de la pantalla grande. Me interesa más un inesperado efecto secundario. Las dos películas (The Disaster Artist: obra maestra, de James Franco, y Paterson, de Jim Jarmusch) tienen a priori pocos puntos de contacto, pero la cercanía de las funciones produjo un chisporroteo inesperado que, en otras condiciones, hubiera pasado por alto. Una y otra hablan, a su manera, de lo mismo: qué significa crear.

En The Disaster Artist la risa es inevitable. No son comunes carcajadas de comedia, tienen mucho de nerviosas, bastante de beckettianas. Tommy Wiseau, el personaje principal, comparte algo del absurdo de Vladimiro o de Estragón, con la diferencia de que no se queda esperando debajo de un raquítico arbolito lo que nunca llegará. Más bien sale en busca de Godot por los boulevares de Hollywood, a los trompicones, al que, de poder darle un nombre, podemos imaginar, llamaría Gloria. Tommy quiere triunfar como actor, pero sus nulas dotes no ayudan, menos todavía su aspecto y comportamiento freaks. Tiene entonces una idea: decide que la vía más rápida para llegar a la pantalla es producir, dirigir y protagonizar una película propia.

El personaje existe y es bien real: el Tommy Wiseau de carne y hueso tiene el honor kitsch de ser considerado el director de la "mejor peor película de la historia", empatando al menos al indestronable Ed Wood. Su gloria es, por supuesto, patética: la cinta, The Room (2003), se transformó en una obra de culto, de esas que perduran años en las carteleras de las trasnoches anglosajonas para que una horda irreverente se regocije con sus torpezas. Pero hay algo singular en esa vocación a toda ultranza: Wiseau parece convencido de que todo es cuestión de actitud, que basta con la voluntad de ser artista para llegar a serlo.

Muy lejos de esas fantasías de la gran meca, Paterson apunta en la dirección contraria. En la serena película de Jim Jarmusch, lo último a lo que aspira el artista es a salir a la luz pública. El personaje, Paterson, se gana la vida conduciendo un colectivo en la ciudad de Paterson, y antes de cada ronda urbana con su vehículo va borroneando sus versos en un cuaderno. A diferencia de Wiseau, el poeta secreto se pierde en la observación de toda clase de detalles, desde una caja de fósforos hasta las conversaciones de sus pasajeros.

Quizá sea casualidad que Jarmusch haya puesto al actor Adam Driver a conducir un colectivo ("Driver" en inglés significa chofer), pero sí es deliberado el apellido del protagonista y que lleve ese nombre la tranquila localidad en que transcurre la película. Paterson es uno de los poemas decisivos, tan largo como un libro, de la literatura estadounidense. El gran William Carlos Williams (1883-1963) lo escribió pensando justamente en esa ciudad.

La poesía norteamericana es un tema en sí mismo. Alguna vez me tocó entrevistar a un gran poeta francés y le comenté que algunos de sus versos me recordaban un poco la tradición poética estadounidense. Por poco no le dio un soponcio sobre la mesa. En su opinión, los poetas de ese país eran intimistas, vulgares, carecían de "parole", esa resonancia casi sagrada que se encontraba en Baudelaire o Rimbaud. No le di la razón, aunque resulta innegable que a partir de Walt Whitman la poesía norteamericana trazó modelos alternativos al europeo. Emily Dickinson, reclusa del siglo XIX, construyó sus poemas con un ritmo absolutamente personal. Tampoco a ella se le cruzó por la cabeza publicarlos. Paterson parece imitarla, aunque sus versos -debidos en realidad a Ron Padgett- exploran un minimalismo cotidiano bien contemporáneo.

Hannah y sus hermanas entronizó un poema de e.e. Cummings; Cuatro bodas y un funeral, otro de W.H. Auden que llamaba a parar todos los relojes. En la película se recita uno de los más conocidos de Williams: "Solo para decirte/que me comí/las ciruelas/que estaban en la heladera//y que/probablemente/guardabas/ para el desayuno//Perdóname/estaban deliciosas/tan dulces/tan frías".

The Disaster Artist es dionisíaca, nos lanza a la desesperada y a veces inútil locura por crear. Paterson no: pocas veces una película logra sumergir al espectador en el aparentemente estado de gracia, casi zen, en el que viven algunos. El poeta de Jarmusch, por las dudas, no usa celular.

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