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Donald Trump, el presidente más inseguro

LA NACION
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Inés Capdevila
Sábado 20 de enero de 2018 • 11:28
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¿Usted puede identificar un león o un camello? ¿Logra trazar las líneas de un cubo? ¿Se las arregla para dibujar un reloj con las agujas en las 11.10 o para recordar qué día es hoy?

¡Felicitaciones si lo hizo! Usted es lo suficientemente inteligente como para ser el mejor presidente de Estados Unidos en su historia. Bueno… tal vez no el más inteligente, pero sí el actual, Donald Trump, que está convencido de que efectivamente él lo es.

El líder norteamericano cree que es ya el mejor jefe de Estado en los 241 años de su país, el “más exitoso”, el “más presidencial” entre sus 44 antecesores. Pruebas no faltan de esa persuasión, a pesar de que apenas acaba de completar hoy un año de mandato.

En una entrevista con la agencia Reuters, a mitad de esta semana, Trump culpó a sus tres predecesores inmediatos -Bill Clinton, George W.Bush y Barack Obama- del problema irresoluble que es Corea del Norte y sugirió que él mismo tenía la agudeza mental necesaria para hacerlo.

“Supongo que sabían que se lo tenían que dejar al presidente que más puntaje obtuviera en los test”, dijo, un poco en broma y mucho en serio.

Es cierto que a Trump le fue bien en la Evaluación Cognitiva Montreal, una prueba de agilidad mental que le realizó su médico oficial la semana pasada. Pero ese estudio está destinado, en todo caso, a detectar señales de enfermedades mentales más que a calcular el coeficiente intelectual.

En una entrevista con la agencia Reuters, Trump culpó a sus tres predecesores inmediatos -Bill Clinton, George W.Bush y Barack Obama- del problema irresoluble que es Corea del Norte
En una entrevista con la agencia Reuters, Trump culpó a sus tres predecesores inmediatos -Bill Clinton, George W.Bush y Barack Obama- del problema irresoluble que es Corea del Norte.

El examen tampoco busca indicios de inseguridades; una pena… probablemente encontraría muchas. Con el perdón de Freud, Lacan y Jung ¿qué otro rasgo puede esconderse detrás de la necesidad constante de autoproclamarse un “genio estable”, de repetirlo con cuanto sinónimo encuentre o de apelar a todo tipo de superlativo para él, su gobierno o sus políticas?

Las inseguridades de Trump suelen ser muy entretenidas; su cuenta de Tuiter -la ventana más abierta que hay a su cabeza- ofrece momentos de diversión y de asombro. Pero ese show de política y palabras también genera miedo porque es entretenimiento que puede terminar en devastación masiva.

Cuando un presidente amenaza a otro tampoco muy confiable con su “botón nuclear” y le dice jocosamente que el suyo “es más grande y poderoso”, la inseguridad estremece y se convierte en un peligro y en una forma bastante ineficiente de conducir un gobierno.

Las chicanas públicas entre Trump y Kim Jong Un tienen hoy un correlato geopolítico que no lo deja bien parado al presidente norteamericano.

Decidida a garantizar la paz de los Juegos de Invierno y suspicaz de un Trump que la maltrata bastante, Corea del Sur se acercó, en las tres últimas semanas, a su vecina del Norte y dejó un poquito más aislado a Estados Unidos en su mayor prioridad internacional de hoy y del futuro cercano, la contención y eventual desbaratamiento del programa nuclear norcoreano.

Las inseguridades y los alardes de Trump no son sólo peligrosos globalmente, los son también dentro de Estados Unidos.

Hace unas horas, a la medianoche, el Congreso le arruinó a Trump el primer aniversario de su estadía en la Casa Blanca. Republicanos y demócratas no lograron ponerse de acuerdo en cómo financiar al gobierno y la administración federal cerró, un hito pocas veces visto en el año inicial de cualquier presidente. Claro que no fueron sólo los legisladores los responsables; Trump tuvo mucho que ver, él que tanto se precia de ser el “rey de las negociaciones” y hasta escribió un libro sobre cómo ser exitoso en ellas.

“Nadie conoce el sistema mejor que yo, por eso solo yo puedo arreglarlo”, dijo Trump, con la humildad de siempre, en julio de 2016 en plena campaña presidencial. Ese “sistema” eran, según él, Washington, sus laberintos, sus mañas y sus modos.

Esta semana llegó, precisamente, la hora de arreglarlo para que el gobierno federal siguiera funcionando. Y Trump, el “mago de los acuerdos”, no lo logró.

El presidente se involucró directamente en las negociaciones ayer a última hora y acordó con un senador demócrata que la oposición apoyaría el financiamiento si el gobierno daba protección legal a 700.000 hijos de inmigrantes indocumentados.

Y entonces intervino otra cara de la inseguridad, la duda. El presidente le llevó ese acuerdo a los republicanos del Capitolio, pero estos lo rechazaron inmediatamente. Con poco tiempo para la medianoche, el mandatario no supo cómo reaccionar ante esa humillación política y el gobierno cerró.

Corea del Norte y el bloqueo de la administración federal le muestran a Trump que cuando a inseguridad y el alarde se chocan con la realidad, la credibilidad se debilita. ¿Cómo alineará él apoyos internacionales para contener a Pyongyang si, en sus horas de desvelo, se dedica a ufanarse del tamaño de su botón nuclear? ¿Cómo hará valer su imagen de negociador en otro tema sensible para el funcionamiento de Estados Unidos si la vez que más la necesitó, falló en cuestión de horas?

Trump suele sentirse bien a gusto con mandatarios autoritarios como el chino Xi Jinping, el ruso Vladimir Putin o el turco Recep Erdogan. Ninguno de ellos necesita de credibilidad porque basan su poder en el control de todos los recursos del Estado.

Pero en las democracias más asentadas, como la norteamericana, la legitimidad y la autoridad provienen, básicamente, del voto y, para ganarlo, hace falta persuasión y credibilidad.

Si Trump quiere expandir su voto más allá del núcleo ultraconservador de los republicanos, tal vez debería pedirle a su médico que le busque un test para detectar inseguridades -alguno debe haber- y empezar a tratarlas. Mientras tanto, se le puede aplicar otro superlativo: el presidente más inseguro.

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