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La era de la posverdad en la política y en el arte

La pérdida de relevancia de los hechos en la construcción del pensamiento deja su marca en las distintas expresiones humanas

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PARA LA NACION
Miércoles 07 de febrero de 2018
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La exposición de arte más costosa de 2017 en todo el mundo fue "Tesoros del naufragio de lo increíble" en Venecia. El autor es Damien Hirst, el mismo artista que en 1991 estuvo en boca de todos cuando exhibió un tiburón en un tanque de formol con el título "La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo". En ese momento nadie sabía si la obra -que se vendió en ocho millones de dólares- debía tomarse como algo profundo o como un juego. Hubo quienes dijeron que era la mejor obra de arte de los últimos 40 años, mientras que para otros lo único digno de alabanza era el título. Sentí esa misma incertidumbre mientras recorría la muestra del naufragio en diciembre, solo que ya no se trataba de una sola pieza, sino de una exhibición de 190 obras que ocupó 5000m2 en el Palazzo Grassi, frente al Gran Canal, y en la galería Punta della Dogana, la antigua aduana de Venecia.

Esa muestra descomunal contaba la historia del naufragio de un barco que llevaba una colección de arte destinada a construir un templo en honor al sol, allá por el año 100. El barco fue encontrado en 2008 en la costa africana. Se exhibieron tanto las obras que llevaba -oxidadas, cubiertas de corales y moluscos- como fotografías y videos realizados en el fondo marino mientras un equipo de buzos rescataba las piezas del naufragio. El espectador incauto que no hubiera leído nada sobre la exposición se quedaba boquiabierto al ver cabezas de Medusa hechas de oro y malaquita, almejas gigantes de bronce, budas de jade, bustos de Neptuno en lapislázuli y hasta la estatua de un monstruo hecha en mármol de Carrara y que pesa más de cuatro toneladas. A medida que se avanzaba por las salas, el asombro se convertía en incredulidad: entre las obras había una escultura de una mujer con zapatillas, el busto de un senador romano con el rostro de Hirst, una espada cubierta de óxido con el logo de Sea World.

Foto: LA NACION

"Damien Hirst ha creado la exhibición que el mundo de la posverdad se merece", escribió la crítica de arte Hettie Judah en la revista Artnet News. Las palabras elegidas por Judah no son casuales. Así como durante el Renacimiento la revolución científica avanzó en forma simultánea con un arte que dejó de ser religioso y se interesó por el mundo natural, también hoy el arte refleja los cambios de nuestro tiempo. La pérdida de relevancia de los hechos como formadores de opinión es, precisamente, una de las características de nuestras sociedades. No en vano el Diccionario Oxford eligió la palabra post-truth (posverdad) como la palabra del año en 2016. El diccionario justificó su elección de esta manera: "El concepto de posverdad existe desde hace una década, pero su frecuencia alcanzó un pico en el contexto del referéndum en la Unión Europea, así como en las elecciones presidenciales de los EE.UU." Que los políticos mientan no es novedad: lo nuevo es que la verdad haya perdido importancia y que lo que más cuente sea reforzar los prejuicios de los votantes. Las redes sociales ofrecen el caldo de cultivo propicio para que todo esto ocurra.

La endemia de la posverdad se nutre de la fragmentación de las fuentes, de la proliferación de medios alternativos de origen dudoso y del hecho de que las mentiras, los rumores y las pseudoverdades se amplifican a una velocidad formidable en las redes sin que casi nadie se preocupe por su veracidad. En las redes sociales los usuarios tienden a creer más en lo que dicen aquellas personas con quienes suelen relacionarse que en lo que digan los medios tradicionales. Así, las redes se convierten en megáfonos de una posverdad en la que el contenido de las noticias se evalúa según la cantidad de clics que genere, independientemente de su verosimilitud.

Deambular por la muestra de Hirst me recordó al protagonista de la novela Cuando cae la noche, de Michael Cunningham, el autor norteamericano que ganó el Premio Pulitzer en 1999 por Las horas. Peter es un galerista que busca la belleza. Aunque sabe que gran parte del arte contemporáneo se regodea en la fealdad, él ansía huir de lo banal. Ama la pintura prerrenacentista, las madonas de Bellini, los ángeles de Miguel Ángel. Tiene la esperanza de acercarse un poco más a la belleza con cada exposición. Le gustaría abrir una grieta en la sustancia del mundo a través de la cual brille algo verdadero.

Una de las escenas más memorables de la novela es cuando Peter va con una amiga al Metropolitan Museum de Nueva York a ver el tiburón de Hirst. Antes de llegar, se detiene frente a un bronce de Rodin: un cuerpo perfecto que durará para siempre. "Dentro de miles de años los arqueólogos podrán encontrar este bronce intacto", piensa, mientras las personas pasan de largo sin reparar en el Rodin, apuradas por llegar al tiburón. Peter está en una encrucijada: no sabe si representar a un artista cuya obra no le gusta, pero que sospecha que se vendería muy bien y que lo haría convertirse en un galerista famoso. "Es un negocio, Peter -le dice su amiga-. Tomar a un artista que no te gusta pero que vende mucho te ayuda a pagar por los artistas que sí te gustan pero que no venden". Mientras observa el tiburón, Peter piensa que una verdadera obra de arte es aquella que perdurará en el tiempo, como el Rodin. Todo lo contrario de lo que ocurre con el tiburón pues, aunque el público no lo sepa, ese que observan es el segundo ejemplar: después de unos años, el primero empezó a descomponerse y Hirst hizo una réplica de su propia obra con un nuevo tiburón.

Mientras recorría la exposición de Hirst en Venecia me preguntaba qué era lo que estaba mirando, realmente. Cabezas de tritones, estatuas, falsos corales. Una ficción. Un relato. La imitación del arte de tiempos pasados. Un parque temático que recrea un supuesto naufragio. Una exposición, financiada por el coleccionista francés François Pinault y por el mismo Hirst, que costó unos 65 millones de dólares. Un espectáculo en la era del espectáculo. Un ejemplo elocuente de nuestra época: la belleza, en gran parte del arte, ha pasado a ser imitación de la belleza. Lo que cuenta es el relato, la interpretación, el juego de palabras, el nombre de una obra, la monumental idea de una exposición, la ironía de exponer un tiburón disecado en un museo de arte en vez de en uno de historia natural. Algo similar ocurre en la política: los eslóganes, los relatos, las pseudoverdades, las marcas tienen al menos el mismo peso que los hechos. El marketing político compite mano a mano con la verdad. Y quizás hasta compita con ventaja.

Hay otro aspecto en el que Damien Hirst se asemeja a los políticos contemporáneos: tanto los especialistas como el público lo aman o lo detestan, pero pocos le son indiferentes. La era de la posverdad no se lleva bien con los matices, se deleita en los extremos. "Por favor, Dios, pon en mi camino algo que pueda amar de verdad", piensa Peter al salir del Met. Traducido a la política, los ciudadanos podríamos decir: "Por favor, gobernantes, dennos algo en lo que podamos de verdad confiar".

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