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Reseña. Toda una vida, de Robert Seethaler

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PARA LA NACION
Domingo 11 de febrero de 2018
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La novela Toda una vida, del escritor austriaco Robert Seethaler (Viena, 1966), parece no tener más aspiraciones que contar la existencia de un hombre común. Sin embargo, basta leerla para comprender por qué fue traducida a más de treinta idiomas, nominada al Man Booker Internacional Prize en 2016 y libro del año en 2014 en Alemania. En verdad, su aparente simplicidad deja a la vista la vulnerabilidad de la condición humana frente a los cambios dramáticos del siglo XX.

La historia empieza más o menos así: Andreas Egger intenta rescatar a un cabrero moribundo y lo lleva a través de la nieve, no logra llegar al pueblo porque el hombre se escapa corriendo y desaparece. Pero antes le habla de la Dama Fría, como llama a la muerte. Ese día también descubre a la mujer que le dará ternura por primera vez. Será su primer amor.

En realidad, lo único que tiene Egger son las montañas que rodean el pueblo de los Alpes en el que vive. Por las tardes, saca un banquito y se sienta a contemplar el sol hasta que desaparece. Es capaz de escuchar los sonidos mínimos de la primavera y reconoce la presencia de esa Dama Fría cuando ronda por ahí. Su existencia, sin embargo, está lejos de ser plácida.

Desde los cuatro años, al morir su madre, debe convivir con un tío granjero y su familia. Trabaja a cambio de cama y comida, pero de todos modos el hombre lo maltrata violentamente ante al mínimo error. Es así como le quiebra el fémur y lo deja rengo. Pero la adversidad, en lugar de amargar a Egger, lo fortalece. Aprende a escribir, se independiza y se incorpora a una empresa de tendido de cables para teleféricos.

No hay un solo hecho que logre doblegarlo. El protagonista acepta las circunstancias que se le imponen y las enfrenta sin lamentos. “Y cuando en un momento dado comprendió que en su terreno había más piedras que las palabras que conocía, empezó de nuevo”, escribe Seethaler. En muchos sentidos, el personaje recuerda a Felicité, la heroína de “Un corazón sencillo”, de Gustave Flaubert, aquella empleada doméstica humilde que no tiene miedo de atravesar cada suceso de la vida con el cuerpo y con el espíritu. Las coincidencias entre ambas historias van incluso más allá: los dos personajes se mueven como si el narrador que los cuenta no existiera. No hay interpretación, ni siquiera una opinión, solo hechos.

Así, de manera estoica, Egger pelea en la Segunda Guerra, cae prisionero en Rusia durante ocho años, logra regresar a su pueblo pero le resulta desconocido, se convierte en guía de montañistas, observa la irrupción de la televisión en los hogares, la llegada del hombre a la luna. Solo la austeridad narrativa consigue que el valor de la voluntad termine imponiéndose como lo verdaderamente conmovedor.

En una especie de movimiento acompasado, Seethaler entrelaza el mundo interior de Egger y su entorno, con una sobriedad de recursos que refleja su madurez como escritor (Toda una vida es su quinta novela). El lenguaje es frío, de una pureza cegadora. Tal vez la sensibilidad del autor para captar la belleza de un paisaje tenga su origen en la conjunción de dos circunstancias: los viajes de esquí que el escritor hizo en su infancia (escribió una memoria sobre ellos) y, de manera más sorprendente, el severo problema de vista que lo acompaña desde la niñez. Seethaler suele decir que la belleza está en el simple hecho de ver.

La historia de Toda una vida avanza de manera lineal y propone de pronto una elipsis para mostrar un momento clave en la vida del personaje. Inmediatamente después retrocede y devela, como quien sube una cumbre, el proceso que lo llevó hasta ahí. El ritmo interior de Egger asimila el discurrir de las montañas, hombre y hábitat. La relación con la naturaleza parece encerrar, sugiere la novela, un secreto que se revela en la serenidad de la aceptación.

TODA UNA VIDA. Robert Seethaler, Salamandra, Trad:: Ana Guelbenzu. 139 págs., $ 325

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